No es casualidad que el consumo haya pasado a ser motor y vedette de la economía argentina. Hasta consultoras económicas multadas arbitrariamente por Guillermo Moreno reconocen que esta variable es responsable en más de tres cuartas partes del fuerte crecimiento (9,2%) registrado por el PBI en 2010 y una de las claves de la espectacular expansión de los últimos ocho años (70% acumulado).
En realidad, la política económica de la era kirchnerista siempre apuntó a empujar la demanda, pero el mayor énfasis estuvo en los últimos años. Si hubiera que buscar el punto de inflexión, sin duda se ubica en 2007. Entonces, Néstor Kirchner subió el gasto público -moratoria previsional incluida- en una proporción pocas veces vista (47% con respecto a 2006) y contribuyó al triunfo electoral de Cristina por un porcentaje similar de votos. Sin que esta coincidencia constituyera una regla, durante la gestión de CFK el incremento del gasto no bajó del 30/35% interanual (y se perfila en este año electoral para subir entre 35 y 40%). La contrapartida fue que, con menor capacidad ociosa en la economía, comenzaron a intensificarse las presiones inflacionarias, ante lo cual el gobierno decidió ocultarlas de la manera más insólita: intervenir virtualmente el Indec y falsificar los índices de precios. Si había inflación, que no se notara; aunque disparara la desigual carrera entre precios y salarios. Así lucirían políticamente mejor los porcentajes de aumento de salarios o jubilaciones.
El "modelo" se tornó más inflacionario debido a las mayores dosis de gasto público y de "maquinita" y fue agregando otros ingredientes para incentivar el consumo privado. Tasas reales negativas para los depósitos y una fuerte expansión del crédito al consumo, con financiación sin interés para cuotas con tarjeta, son una invitación para transformar ahorros en compras; lo mismo que un dólar que sigue bien de lejos a la inflación. También aportan los aumentos de la masa de salarios y jubilaciones, de la asignación universal por hijo y de otros planes sociales, además de los controles de precios y los crecientes subsidios para mantener congeladas indiscriminadamente las tarifas de transporte y energía.
En otras palabras, el gobierno de CFK aplicó políticas como si la economía estuviera en recesión (como ocurrió en 2009, aunque no fue reconocida por el Indec), pero nunca levantó el pie del acelerador. Incluso en 2010, cuando el PBI batió récords y deja un arrastre de alrededor de 2,5 puntos para 2011. Este cóctel produjo una explosión de consumo. Pero también instaló a la inflación real en dos dígitos anuales (20% promedio en los últimos cuatro años), porque la demanda crece más que la oferta por insuficiencia de inversiones en sectores clave, donde hay inflación reprimida. A su vez, la combinación de mayores ingresos, más crédito y ausencia de alternativas rentables de ahorro tiende a que quienes disponen de excedentes los vuelquen a la compra de electrodomésticos, autos y propiedades, en parte como refugio de la inflación, lo cual fuerza el aumento de la actividad y también de las importaciones.
Según datos de la consultora Ecolatina, al cabo de 2010 las ventas de electrodomésticos crecieron 65%; las de autos 0 kilómetro, 29% (15% en usados) y 18% las escrituras de inmuebles en el área metropolitana. Además, la apreciación del real frente al dólar (y frente al peso) atrajo a un aluvión de turistas brasileños, que contribuyó a que las ventas en shoppings subieran 24% en términos reales. No obstante, el deterioro de la relación peso/dólar también provoca que cada vez más argentinos viajen al exterior.
Para 2011, la consultora Abeceb.com estima que la masa potencial de consumo se incrementará en un promedio de 27,3% respecto del año pasado y llegará a 618.000 millones de pesos. De ese total, 444.500 millones corresponderían a la masa salarial de los trabajadores formales (con una suba de 28% interanual); 100.100 millones a jubilaciones y pensiones (24%, aunque podría ser superior) y 73.300 millones a crédito al consumo (28% más). La mala noticia es que aquel aumento promedio prácticamente coincide con la mayoría de estimaciones privadas de inflación para este año, con lo que su efecto se neutraliza en términos reales, independientemente de que algunos sectores puedan obtener mejoras por encima de ese nivel. De hecho, los reclamos salariales para las paritarias se ubican en una franja de 28 a 40 por ciento.
Las mejoras no son para todos
Sin embargo, no todas son luces ni aumentos de dos dígitos en el consumo. La mayor inflación viene impactando principalmente en los precios de los alimentos y esto empobrece a los asalariados con menor capacidad de negociación, así como a los trabajadores en negro, jubilados, cuentapropistas y desocupados que dependen de asistencia estatal.
También se verifica una amplia disparidad por regiones, según niveles de ingresos. Por ejemplo, la consultora Nielsen revela que en 2010 el consumo de productos masivos (alimentos, bebidas, artículos de limpieza y tocador) creció - en volúmenes- un 5% promedio con respecto a 2009. Pero los mayores aumentos se verifican en las zonas de altos ingresos agrícolas, como el interior de la provincia de Buenos Aires (9%); las provincias del Litoral (6,7%), y de la región centro (5,6%). En cambio, la situación se invierte en los partidos del conurbano bonaerense, donde se ubican los mayores bolsones de pobreza y el aumento se reduce al 3%, inferior incluso al del NOA (3,8%). Otra evidencia es que, seguramente por el efecto precios, se contrajo el consumo de bebidas (2,2%) y de carnes (16%).
Desde el ángulo político, la suba del consumo es un activo electoral y el Gobierno seguirá fogoneándolo con aumentos nominales, pese a que viene asociado con una inflación alta, que castiga más a los que menos tienen, y reprimida en varios sectores. Probablemente esta tolerancia social obedezca al fenómeno de "ilusión monetaria", según el cual buena parte de la sociedad -en especial, el electorado más joven- cree que gana más si se lleva más plata al bolsillo, aunque su poder adquisitivo vaya deteriorándose con el tiempo. Esta dinámica requiere nuevos aumentos de ingresos, que a su vez realimentan las presiones inflacionarias. Sobre todo cuando las empresas retacean inversiones para ampliar la producción, ante la incertidumbre que perciben cada vez que Hugo Moyano o Guillermo Moreno entran en acción y se esfuma cualquier regla. A diferencia de otras épocas, cuando trepó a niveles explosivos, hoy la inflación sube un escalón por año, sin espiralizarse. Pero será cada vez más difícil bajarla cuanto más suba. La pregunta del millón es cuánto tiempo será sostenible esta política sin crear mayores distorsiones. No hace falta remitirse a la híper para recordar que en las décadas del 70 y 80 la Argentina convivió con tasas inflacionarias de dos dígitos (mucho más altas que las actuales) y bajas tasas de crecimiento. El gran cambio estructural es que hoy existen altos ingresos de "sojadólares", que, por ahora, postergan -pero no evitan- la corrección de crecientes desequilibrios económicos. Después de todo, no es la primera vez que el "voto cuota" convalida esquemas del tipo "consuma ahora y después veremos".
Néstor O. Scibona
Para LA NACION
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