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El otoño de los periodistas

Sucederá probablemente en un futuro no tan lejano que a la manera de la Casa del Teatro se abrirá un geriátrico para periodistas. Imagino que convivirán en esa casona de Palermo colegas de toda laya, ideología y estilo.

El otoño de los periodistas
Jugarán lánguida y perezosamente ajedrez, dominó y cartas aquella dama de las mañanas radiales con aquel columnista político y también aquel showman televisivo con un agrio investigador y con un atildado comentarista económico. Hombres y mujeres de izquierda y de derecha, algunos enfrentados a muerte por la política, harán las paces en el otoño de sus vidas, aunque no se privarán de largas discusiones sobre la actuación de unos y otros en sucesivos pasados, y acerca de cómo quedarán retratados finalmente en la historia. Se debatirá hasta el cansancio sobre el periodismo militante y, su contrapartida, el periodismo profesional. Se oirán, de tarde en tarde, frases enfáticas como "la objetividad no existe, estúpido, ustedes trabajaban para las corporaciones". O "eso no era periodismo, era política, tarado, no había que casarse con nadie". Los conozco mucho, seguramente yo estaré entre ellos: habrá un choque de egos, un suave desandar de cinismos y una cierta amnistía general. Y a lo largo de la jornada miles de anécdotas inconvenientes, centenares de revelaciones impublicables, decenas de chistes negros.

Imagino también la preocupación de la administración del geriátrico frente a ese difícil e influyente grupo de gerontes. ¿Cómo mantenerlos a raya, cómo entretenerlos? En la junta ejecutiva de un geriátrico para periodistas se hará necesario y vital un periodista: es imposible tratar con esta especie carnívora sin la ayuda de algún depredador de experiencia.

Con los contactos que esos referentes de la prensa han acumulado a lo largo de los años no será difícil conseguir que las autoridades gubernamentales cedan al pedido de abrir una emisora (FM Periodistas) para que las antiguas glorias puedan despuntar el vicio y el público no se prive de seguir recibiendo sus razonamientos y conjeturas.

Eso es. Un estudio ubicado en una sala de la casona, con un técnico, una mesa, varios micrófonos y una luz que se encienda y se apague a cada rato. Y una programación clásica: tertulia mañanera con los diarios, tertulia de media mañana, magazine de la tarde y coloquios de la vuelta. Después sólo música porque en los geriátricos se cena y se duerme temprano.

¿Cómo no pensar que algún gobierno de turno se indignará por los dardos envenenados que esos ancianos lanzarán sin pestañear? ¿Es muy difícil prever que tarde o temprano les retirarán el subsidio y la licencia? Tampoco es imposible cavilar que las autoridades del geriátrico decidan, en mesa ejecutiva, seguir adelante con la emisora, ya no como modesta realidad sino como farsa. "No les diremos nada a los viejitos -susurrará el periodista que los asesora-. Sólo que por razones presupuestarias no habrá comunicaciones telefónicas. Y que únicamente se recibirán mensajes de oyentes. Que nosotros y las enfermeras escribiremos."

Mis compañeros y yo iremos entonces todos los días a hacer programas enteros sin sospechar que nadie nos escucha, pretendiendo que la sociedad sigue ávida por saber qué opinamos sobre la realidad que sólo leeremos o veremos por televisión. Nos buscaremos en Internet pero no nos encontraremos, y diremos indignados que hay una mano negra para borrarnos del mapa por nuestro espíritu crítico. Y nuestros hijos y nietos, que vendrán a visitarnos, dirán que la radio tiene mala señal, pero que algunas cosas brillantes nos han oído en medio de la estática.

Al final del día, cuando se apaguen las luces y cada uno de nosotros nos quedemos boca arriba, en nuestras camas, esperando el sueño, recordaremos aquellos viejos tiempos en los que estuvimos juntos contra los poderosos y aquellos otros en los que nos dividió algún mesías. Luego cerraremos los ojos. Perdonándonos, o pidiendo perdón.

Jorge Fernández Díaz
LA NACION
jdíaz@lanacion.com.ar

Domingo 27 de marzo de 2011

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