Las banderas multicolores que flamean sin descanso en lo alto de casas y comercios son la mejor señal para darse cuenta de que uno llegó al Castro, en San Francisco, seguramente el barrio gay más famoso del mundo, justo al pie de las Twin Peaks.
Es uno de los paseos obligados de la ciudad, sobre todo de noche, cuando los bares están repletos y el espíritu libre del lugar se respira en cada rincón, sin ningún tipo de inhibiciones.
La historia del Castro, como lo llaman, comenzó allá por 1880, cuando llegaron inmigrantes irlandeses, alemanes y escandinavos que buscaban un lugar económico para afincarse en las afueras de San Francisco. Más tarde, en las décadas del 60 y 70 varios gays comenzaron a comprar las antiguas casas victorianas a precios supereconómicos. Fueron tiempos violentos, de enfrentamientos con la policía, hasta que Harvey Milk, un activista homosexual, fue asesinado en 1978. La muerte representó un punto de inflexión, la comunidad gay se unió y poco a poco se convirtió en una población próspera.
Lo de zona marginal hace tiempo que quedó en el olvido. Ahora se luce con sus casas de estilo victoriano y jardines celosamente cuidados; está colmado de negocios y bares de estilo, el precio del metro cuadrado es de los más caros de la ciudad, y es una zona segura para pasear a toda hora
Sin duda, debe haber pocos lugares tan abiertos y tolerantes, pero a veces las cosas no son como parecen.
Mientras miraba vidrieras de lo más extravagantes se acercó sin que me diera cuenta, con una carpeta y una lapicera en la mano. Era un joven de no más de 25 años que pedía dinero para su causa: reivindicación de los derechos homosexuales. Estábamos sobre la avenida Castro, frente al famoso teatro Castro, construido en 1922, el corazón del barrio gay.
Apenas intercambiamos unas palabras en inglés me di cuenta de que era tan latino como yo.
Seguimos en español. Era boliviano y creo que ilegal: se negó a decirme su nombre, y mucho más a que le tomara una foto.
Su objetivo era conseguir firmas y dólares para que se derogara la ley que prohíbe el matrimonio gay en California.
"¿No se pueden casar acá?", pregunté casi como dando por obvia la respuesta afirmativa.
Y la respuesta fue que en un momento se pudo, pero ahora no, que luchaban junto con la organización Eqca (Equality California) para que se derogara la ley que no acepta el matrimonio homosexual. En otros estados norteamericanos, como Massachusetts, Connecticut, Iowa, Vermont, Nuevo Hampshire y Distrito de Columbia, sí está permitido.
Le conté sobre nuestro país, que en ese entonces hacía poco tiempo que había aprobado la ley de matrimonio igualitario.
Vaya paradoja. Estaba en uno de los bastiones de la comunidad homosexual, seguramente uno de los sitios más libres y tolerantes del mundo, pero todavía no se permite el casamiento entre homosexuales.
Por primera vez sentí que era yo la que vivía en un país del Primer Mundo.
Publicado por Andrea Ventura / 27 de marzo de 2011 / 3.45 A.M.