Aún tengo en mente aquella tarde en el chat cuando mi amiga Nayla me escribía: Tenés que ahorrar, así dentro de unos años viajaremos a Francia.
Mi chico va a estar feliz de conocerte", y yo asintiendo con la cabeza como si lograra verme. Sabía muy bien que serían varios los años guardando peso por peso hasta pagar los pasajes. Lo bueno es saber que cuando uno actúa correctamente, las cosas llegan solas. Y llegó.
El 27 de diciembre, a punto de despegar, el miedo me carcomía. Era la primera vez que volaba y por mi mente vagueaba aquel capítulo de Los Simpson en el que Marge insiste en bajar corriendo por los pasillos. Pero no fue así.
Primer destino: localidad de Le Mans. El simple hecho de cruzar las calles -no cuentan con semáforos- y que los conductores se detengan dándote el paso me asombraba día a día. La calma con la que se comportan generó mi sana envidia. Los bellos lugares turísticos que visitamos estaban llenos de historia: por ejemplo, una ciudad bien conservada llamada Cité Plantagenêt y la impactante catedral de Saint-Julien, uno de los edificios más grandes de la época gótico-romana de Francia. Recorrimos el Museo de Tessé, creado durante el reinado de Luis XVI, considerado uno de los mejores en cuanto a sus colecciones egipcias y representaciones pictóricas mitológicas de primer orden.
Segundo destino: ciudad de Angers, en el departamento de Maine y Loira. Lo más impactante y recomendado para el turismo es el Castillo del Rey Renato el Bueno, del siglo XIII. Su gran jardín, con figuras de césped y puente levadizo, te traslada a cualquier película de época medieval. El frío de sus 17 torres se hace notar y genera un malestar que desaparece a medida que te alejás del castillo. ¿Cuántos prisioneros? ¿Cuántas torturas? Es interesante saber que a partir de la década del cincuenta guarda y exhibe el tapiz del Apocalipsis hecho en el siglo XIV.
Tercer destino: era la hora de París y sus paseos turísticos. Sinceramente no era como la imaginaba, sus calles un tanto sucias, la gente pidiendo dinero, vendedores compulsivos lanzándose literalmente sobre vos para venderte sus objetos, gente desesperada, españoles gritando y franceses enfadados. Locales repletos, semáforos que no funcionaban del todo bien, automovilistas enojados... Es imposible negar el atractivo de sus monumentos. Caracterizada por ser la Ciudad Luz, París de noche es impactante. Ver el arco iluminado y subir a la Torre Eiffel son unos de los recuerdos que guardaré por siempre en mi corazón.
También conocimos la basílica del Sagrado Corazón, subimos unos 300 escalones y llegamos exhaustos. Recomendación: utilizar el teleférico. Conocer Notre Dame y viajar al pasado, a la película animada, volviendo a ser niña una vez más, y soñar con que el Jorobado está arriba escondido tocando las campanas.
¿Qué más? Disney es magia, es diversión. Impresionante el parque de atracciones, claro que es más pequeño que el ubicado en Orlando, pero valió la pena conocerlo y vencer mis miedos a las montañas rusas. Además, visitamos Cherré, una comuna y población de Francia en la región de Países del Loira, departamento de Sarthe, en el distrito de Mamers. Su población no supera los 1280 habitantes. Pocos días estuvimos allí, pero la paz y la calma dominan el lugar. La llamativa torre con su pequeño y antiguo reloj de sol, en el centro de la Comuna, es uno de los monumentos que la representan.
Francia es uno de los países que hay que recorrer por completo y no caer solamente en París. Las pequeñas ciudades guardan mucha historia y realmente vale la pena conocerlas. Aunque extrañás, es una experiencia recomendable, pero lo que voy a decir es sincero: no hay nada más lindo que estar en casa con tu familia. ¡Y comer helado artesanal! Porque allá no hay.