Los días de lluvia tienen para mí un encanto especial, me ponen melancólico, pero también más permeable para conversar con los pasajeros y escuchar sus historias.
Eran las ocho de la mañana de un martes, la garúa parecía hamacarse antes de caer sobre el pavimento y reproducir las imágenes espejadas de los otros vehículos, de los edificios cercanos y de las sombras grises de los árboles.
Al llegar a la esquina de la Av. Juan de Garay y Luis Sáenz Peña, me hizo señas una señora con un nene, que se cobijan bajo un paraguas. Me detuve, subieron, y luego de los saludos de rigor y el inefable comentario sobre el tiempo, me pidió que la llevara hasta Pichincha entre Brasil y Cátulo Castillo. Allí quedaba el colegio del chico. Me dijo que la esperara porque ella después continuaba con su viaje hasta el centro. La esperé unos quince minutos porque tenía que conversar con la directora. Encendí la radio en la frecuencia de la FM Federal (de la Policía Federal 99.5), pasaban música suave acorde con el clima que me rodeaba. Estacionado bajo unos añosos árboles y el ruido de las gotas de lluvia sobre el techo, invitaban al relax, aunque más no fuera por unos pocos minutos. Cerré los ojos y descansé.
La señora volvió y me dio la dirección para ir hasta la Av. Santa Fe y Pueyrredón. Nos desplazamos suavemente entre los autos y micros, la lluvia, por momentos, arreciaba. Ahí comenzó nuestra conversación.
Rosalía, que es el nombre de la señora, tiene cuarenta y dos años, es originaria de Perú y vino a trabajar junto a su esposo hace más de cinco lustros. Tiene dos hijos, una chica de veinte años y el varón de nueve que habíamos dejado en la escuela.
Donde se iba a bajar era el lugar donde trabaja como empleada de limpieza en un local de una cadena de ropa femenina. Esa tarea la realiza tres veces por semana en dos locales y los restantes días es la encargada de otro desde las 10.30 hasta las 21.
Rosalía mantiene su hogar con gran sacrificio porque está divorciada hace ocho años. Según su relato, una tarde llegó a su casa en la localidad de Tapiales en compañía de su hija, que en aquel momento tenía doce años, y lo encontró a Félix en la cama con Nelly, que era amiga de Rosalía en Perú. Lo mas grave fue que toda esta escena la presenció su hija. A partir de ese momento Félix y Nelly se fueron a vivir juntos a una casa tomada en la calle Mompox.
Rosalía está acostumbrada a los cachetazos que le ha dado la vida, no obstante, sigue dándole pelea sin bajar la guardia.Su hija está en pareja y embarazada.
Cuando Rosalía salió del colegio al que asiste su hijo, me contó que tuvo que hablar con la directora porque hacía dos días había encontrado a Mariano con tres compañeros debajo del puente que une la plaza con el Hospital Garraham sobre la avenida Brasil, fumando "porro". Además de todas estas vicisitudes que le toca vivir, Rosalía se acaba de enterar que su exmarido, ahora separado de Nelly, estaba viviendo en un hotelucho, cercano a la casa tomada, que se quemó. Por eso, el gobierno de la Ciudad resolvió otorgarle un subsidio. Felix logró figurar como uno más de los integrantes "ocupas" para hacerse de unos pesos y así volver a su relación con Nelly.
Rosalía continúa su lucha cotidiana, con una sonrisa a pesar de todos los contratiempos vividos y en ningún momento ha pensado en abandonar todo y volver a su Perú natal con sus hijos y su madre.
Es de esperar que paulatinamente las cosas se encarrilen en su vida.
Recuerden lo que digo siempre, cuando sube un pasajero y cierra la puerta del taxi, comienza una nueva historia y nuestra ciudad está plagada de ellas.