Se despertaba muy temprano para leer los diarios recién subidos a Internet y para comenzar lo antes posible con su tarea de demolición.
Entraba en las páginas que tenían foros y permitían dejar mensajes, y mientras desayunaba café amargo con galletas leía en diagonal las notas principales y se apresuraba a escribir mandobles contra los periodistas. A unos los corría por derecha y a otros, por izquierda. A todos trataba con cruel ironía y con desprecio profundo, insinuando que eran mediocres o estaban comprados. Metía cizaña y animaba a los foristas que le seguían el tren, mientras entraba en otros sitios para dar pinchazos y puñaladas a diestro y siniestro. Hacía zapping en la televisión por los noticieros matutinos y paseaba por las radios con avidez. Tenía siempre a mano los mails, dominios y teléfonos de los medios, y entonces dejaba frases envenenadas en los contestadores automáticos de las emisoras, o intervenía con parrafadas pérfidas en la Web. Ultimamente, se dedicaba a enviar frases hirientes a través de Twitter. Insultos que iban destinados a personajes relevantes a los que había que bajar de ese repugnante pedestal.
Su militancia le ocupaba toda la mañana y toda la tarde. Al anochecer salía a caminar un rato y a hacer compras, y después de la cena, lanzaba los últimos dardos apoyándose en los programas políticos del cable y en las tertulias nocturnas de la AM. Muchas veces soñaba en la cama que mantenía una feroz esgrima con un famoso, y sentía la enorme satisfacción de verlo desencajado. En ocasiones lo acometía una pesadilla recurrente: un eterno apagón eléctrico lo dejaba sin la posibilidad de practicar su arte, se revolvía en la abstinencia y era atacado, un segundo antes de despertar, por una urticaria completa y fatal que lo obligaba a arrastrarse por el piso.
El sujeto estaba separado desde hacía cuatro años y desocupado desde hacía tres. Pero su madre le pasaba una mensualidad, y la verdad es que él era muy gasolero. Prácticamente vivía pegado a las pantallas durante toda la semana. Solo descansaba los domingos, como pedía la Biblia, y lo hacía para subrayar obsesivamente los diarios en los bares y hacer anotaciones, practicar injurias ingeniosas y diseñar complejas maldades. También para elegir nuevos blancos, que iban desde políticos, artistas y deportistas hasta personas comunes con historias extraordinarias. Envidiaba profundamente esos brillos, y hacía todo lo posible para apagarlos.
Detectado como un activista incansable de la Red, un hombre de los servicios de inteligencia lo contactó en un bar de Palermo para ofrecerle un buen sueldo: tenía que acribillar a los enemigos del Estado. ¡Qué placer que te paguen por un trabajo que de todas maneras harías gratis! Aceptó gozoso, y recibió a los pocos días un cheque y una lista con objetivos. Puso mucha dedicación en hacerlos pedazos a lo largo de siete días, pero luego no pudo reprimir la tentación de destrozar a los demás bajo seudónimos nuevos. Su deseo era irrefrenable, y no podía disciplinarse. El hombre de los servicios de inteligencia volvió a contactarlo para advertirle que esa manía debía terminar. Que no recibiría ningún otro cheque si no se ceñía a los objetivos del Estado.
Durante dos días, con el esfuerzo de un alcohólico que trata a toda costa de no abrir una botella, resistió las pulsiones y se dedicó únicamente a su misión. Pero al tercer día resucitó como un exterminador masivo e indiscriminado, y siguió como siempre disparando contra todo lo que se movía. Como represalia, los servicios le infiltraron un virus en la computadora y estuvo sin sistema 48 horas desesperantes. Cuando pudo por fin reacondicionar el equipo decidió olvidarse del cheque, renunciar a la militancia política y seguir adelante como lo que era, un cazador solitario. Un pobre infeliz.
Jorge Fernández Díaz
LA NACION
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