The Flaming Lips. La banda se presentó en GEBA como un avance del Quilmes Rock.
Un mismo 7 de abril, pero de 1995, The Flaming Lips fueron presentados por el Suplemento Sí como “Los más grandes devoradores de sustancias químicas desde Syd Barrett (P. Floyd).” La banda formada en 1983 en Oklahoma había colado un hit en MTV, She Don’t Use Jelly (1993), y sus discos de entonces conjugaban marcas barrettianas con un tratamiento noise que igual los hacía radiables.
Desde The Soft Bulletin (1999), el multinstrumentista Steven Drozd, principal responsable de musicalizar las ideas del cantante Wayne Coyne, sumó a su potente sonido de batería una paleta de teclados que concentró el protagonismo tímbrico, remitiendo a orquestas, o a sintetizadores y pianos eléctricos de los setenta.
En este grupo, las diferencias son tan importantes como las similitudes. Si la formula de Clouds Taste Metallic (1995) eran distorsiones + baterías zeppelineanas + ¡glockenspiel!, y en 2009 versionaron The Dark Side Of The Moon y grabaron Embryonic con varios guiños a las excursiones instrumentales floydeanas modelo Meddle (1971); también pueden tocar en vivo con un sentido lúdico, reverso de la parsimonia progresiva.
Así fue su debut argentino. Roger Waters sigue construyendo una pared graficando su alienación frente al público. Coyne cerró el show cantando en plena kermesse psicodélica: serpentinas, papel picado, muñecos inflables, disfraces de oso, freaks , globos y piñatas.
Wayne paseó por encima del público en una burbuja inflable, disparó lasers desde manos gigantes, y serpentinas desde morteros manuales, y fumigó el escenario con hielo seco. En 90 minutos de show la banda propuso una fiesta de egresados en ácido, balanceándose entre presentar el material como se grabó y el aprovechamiento de la experiencia live .
Ocasionalmente dispararon pistas pregrabadas, pero sin comprometer la calidez. Kliph Scurlock mantiene el estilo de Drozd, quien alterna (a veces en la misma canción) entre los teclados y la guitarra (una de ellas, una Epiphone doble de la que solo sobrevive el mango de 12 cuerdas). Si, como en The Yeah Yeah Yeah Song , Wayne tiene que dejar de cantar para reventar con su guitarra acústica una piñata, que así sea. Lo único reprochable es que entre tantas arengas y momentos cantemos-todos-juntos (las versiones fogoneras de Yoshimi Battles the Pink Robots pt.1 y Do You Realize ), podrían haber tocado un par de temas más. Pero lo que sonó fue irreprochable y nos permitió presenciar en vivo a una banda en la cumbre de sus poderes, tocando la más maravillosa música.