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Caribe: un crucero por las playas más valoradas
Diario de viaje a bordo del Norwegian Pearl, desde Miami con escalas en Cozumel y Gran Caimán, y toda la diversión en medio del mar. Además, propuestas para embarcarse con distintos itinerarios y disfrutar un día en cada isla
MIAMI.- Salvo por un movimiento, a veces imperceptible, otras más tambaleante, uno podría pensar que está en una pequeña ciudad, con todo a sólo un paso de distancia. No lo es. Se trata del crucero Norwegian Pearl, que parte de Miami, con escalas en Cozumel y Gran Caimán. Bienvenido a bordo.
Todos contemplan la costa de Miami apoyados en la baranda. No bien suena la sirena y la ciudad comienza a perderse en el horizonte, los 2500 pasajeros se dispersan. Es probable que muchos no vuelvan a verse en los cinco días en alta mar. ¿Navegar? Si no fuera por la estela que deja el Norwegian Pearl en su paso por el mar Caribe, la sensación es la de una gran hotel, pero que se mece.
Imposible no perderse en los 15 decks, donde los camarotes se concentran en seis pisos y la vida social, con gran cantidad de norteamericanos a bordo, en la cubierta, en los restaurantes y las disco. Dos días de navegación antes del primer puerto no alcanzan para recorrer el barco de bandera de Bahamas, de 295 metros de eslora y 33 de manga. Siempre listos, los tripulantes suman 1010.
De día, las dos piscinas congregan a la mayoría. Los chicos hacen fila para deslizarse por el tobogán, y dejan pasar con mirada de pocos amigos a los adultos que quieren vivir la experiencia. Cuando comienza a caer el sol, conocidos y desconocidos se juntan en los jacuzzi. Los animadores proponen elegir al hombre de piernas más sexy, y aunque los postulantes más simpáticos reciben aplausos, finalmente se lleva el trofeo... el hombre de las piernas más sexy, un norteamericano que parece salido de una película de Hollywood.
Nada de vestidos largos ni smoking. El Freestyle es la marca registrada de Norwegian Cruise Line. Significa que cada uno come cuando quiere, y con la ropa preferida. Bermudas o pantalón largo para ellos, pareos o faldas para ellas. Todo está permitido. Aunque las mejores prendas se lucen en el cóctel con el capitán, que con un saludo cordial muestra estar al tanto de la elección de nuestra nueva presidenta.
Hay 11 restaurantes bien cosmopolitas, que pasan de los platos franceses y asiáticos a los italianos y mexicanos. Pantallas de LCD instaladas en lugares estratégicos indican qué salones tienen lugar disponible; si no, a reservar. Para recomendar, el restó principal Summer Palace, con deco inspirada en los palacios de San Petersburgo, o el francés Le Bistro. Después muchos hacen sus apuestas en el Pearl Club Casino, uno de los pocos espacios en el que está permitido fumar. Curiosos y jugadores rodean la ruleta, y otros eligen el blackjack, baccarat, póquer, y las tragamonedas. La noche sigue en alguno de los 11 bares y salones, para tomar algo o bailar... Todos se mueven como recreando la ruta del bacalao, yendo de una diversión a otra. Pasan de la pista del Spinnaker Lounge, donde piden un margarita o mojito, y siguen en Bliss, ambientado con camastros y sillones aterciopelados, a media luz.
Primer destino: Cozumel. Antes de bajar, Norwegian Pearl propone excursiones para descubrir la isla de 520 kilómetros cuadrados; también se puede optar por decenas de agentes turísticos que esperan con carteles y ofertas en el puerto. Algo de shopping por el pueblo San Miguel, bien mexicano, y a comprar artesanías coloridas o sobre la base de coral negro, bijou de buen diseño en plata, y vestidos playeros blancos, por 10 o 12 dólares (permitido regatear sin culpa). También, claro, tequila.Y a disfrutar de las playas de arenas doradas y agua transparente. ¿Opciones? Al Norte, Punta Molas. En el Oeste, Playa Oriente, Punta Morena, Punta Chiquero o El Mirador. En el Sur, los arrecifes de coral del parque natural de la Laguna de Chankanaab invitan a bucear, o a espiar la vida acuática desde el más superficial snorkel. Los paradores son aptos para aventureros, que por 9 dólares pueden escalar montañas inflables que flotan en el mar, remar en kayak, hacer snorkel. Hay poco tiempo, aunque suficiente para pasar por las ruinas mayas de San Gervasio (entrada, 5 dólares). Siempre hay que mirar el reloj: antes de las 16 se debe estar a bordo.Volver al barco es como volver a casa. Si uno tuviera en la casa la comida siempre servida, y con una variedad que incluyera desde hamburguesas y pastas hasta pato, caracoles y langosta. Y la cabina, lista. En el camarote estándar, los espacios son más bien reducidos, pero suficientes. Para las familias, la propuesta es cabinas interconectadas o las family suites, con habitación y living. Además, los penthouses, Courtyard Villas y Garden Villas, como departamentos con piscina, solárium y jacuzzi.
A la noche, la diversión sigue en Bliss. Pero a no trasnochar, al día siguiente hay que madrugar para desembarcar en Gran Caimán. Vale la pena conocer con los ojos bien abiertos este paraíso fiscal, pero sobre todo natural, con toques británicos y caribeños. Una mezcla encantadora. Los coletazos de una tormenta tropical impiden llegar al puerto, pero las lanchas alcanzan a los pasajeros a la costa. Recibe un pirata, símbolo de la isla, e invita a fotografiarse con los pasajeros. Después, las imágenes se expondrán en la galería de fotos.
Primeras marcas, como Tous, Lladró, Rolex, Cartier, Swarovski y Movado, perfumerías y joyerías con vidrieras llenas de piedras preciosas anticipan el lujo que se esconde en las construcciones bajas, con mucho blanco y tonos pastel, en las que es difícil distinguir las 500 entidades bancarias que funcionan aquí. Un mercado libre de impuestos, que ganó ese privilegio cuando, según cuenta la historia con algo de leyenda, los nativos rescataron en 1788 a la tripulación de 10 barcos que se dirigían de Jamaica a Gran Bretaña. En agradecimiento, la corona los eximió del pago de tributos.
Más grande que sus hermanas Caimán Brac y Caimán Menor, esta isla, de 196 kilómetros cuadrados, tiene su capital en George Town. Antes de ir a la playa, se recomienda preguntarle a algún nativo, porque el destino depende del viento. Amables, actúan como guías y proponen un recorrido por las Siete Millas, que conecta la capital con la Granja de tortugas. Mucho sol, y otra vez arenas blancas y mar turquesa, cálido.
A embarcarse nuevamente. Antes de la cena, en las tablas del Stardust Theater se presenta un show de cantantes, bailarinas y plumas. Cuando se abre el telón del teatro, con capacidad para más de 1000 personas, aparecen en escena acrobacias, un toque de jazz, algo de tango y mucho de Broadway. Los dos días de navegación, antes de regresar a Miami, pasan entre el bowling (difícil lograr un strike si la marea provoca un rolido) y el gimnasio, con cintas y escaladoras con vista al mar y clases de aerobic, yoga y más.
En la cubierta, algunos se atreven a los smash y drop en una cancha de tenis, que también se adapta para jugar al básquet o voley. Otros desafían la gravedad y escalan una montaña, más para divertirse que para ejercitar. De regreso a puerto firme, hay que olvidar tantas comodidades y acostumbrarse a vivir un par de días con el mareo de tierra. Sólo un vaivén.
Por Mariángeles López Salon
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