Recuerdos y reflexiones a partir deuna gira que recaló en Alaska.
Desde niño tuve facilidad con el aprendizaje de idiomas. Era trilingüe. Hablaba castellano, francés y el valenciano, que es como el catalán, porque mi abuela era valenciana. A los 21 años, los hablaba perfecto. También estudié inglés, alemán e italiano en el colegio. Creo que todos esos idiomas hicieron que hoy tenga cierta propensión a tratar de entender al prójimo. También hicieron que no me sienta particularmente francés o argentino, sino más bien un ciudadano del mundo.
Aparte, me gusta mucho viajar. De todos mis viajes recuerdo especialmente una gira con el espectáculo El hombre de la corbata roja , de Julio Bocca. Estrenamos y durante tres años me sumé al ballet. De las 19 ciudades norteamericanas que tocamos, una fue Anchorage, en Alaska, donde estuvimos una semana.
Durante dos noches, cuando estaba cenando en un restaurante pegado al hotel, donde podías pedir comida occidental o sushi preparado en el momento, con pescado fresco que salía de la bahía, había una mesa al lado mío con cuatro personas: una niña, un niño, el padre y la madre. La madre era asiática, el padre afroamericano, y los niños..., eran lo más interesante. Ella era rubia, llevaba el pelo con rastas, y lo que tenían de divertido es que hablaban mitad en inglés y mitad en japonés, es decir, la madre debió hablarles en japonés y el padre en inglés desde que eran chicos.
Entonces era un chapurreo muy divertido de palabras americanas mezcladas con palabras japonesas, y todas tenían que ver con el tema del sushi.
Lo que me sorprendió es que mientras comían, el padre les contestaba en inglés y la madre acotaba en japonés. Y me resultó muy emocionante ver a una familia típica, dos padres, dos hijos, de una etnia tan improbable, al menos para mí, y que el resultado de esa unión fueran dos personajes mezcla de un negro americano con una japonesa.
Así salieron dos japoneses medios rubios, con el pelo mota y la piel similar a la de su padre afroamericano.
Lo más interesante para mí era cómo manejaban el idioma, y mientras transcurría la cena me preguntaba cómo conjugarían la ritualidad que caracteriza a los japoneses en la vida real con el sistema yanqui. Por eso, cada vez que pude, me senté en la mesa de al lado.