A esta altura, el tiempo de supervivencia de Ricardo Casal al frente de la seguridad bonaerense se ha convertido en un indicador decisivo de la política nacional.
La creciente presión de la Casa Rosada o, al menos, del sector más influyente hoy para intervenir el manejo de la policía provincial pone a Daniel Scioli ante su examen más difícil. Lo miran propios y extraños: ¿aceptará otra vez sumisamente el zarpazo del kirchnerismo duro, o mostrará que está dispuesto a defender lo que le queda de autonomía? Y detrás de esa duda, otra mayor: ¿se resignará al destino de debilidad o derrota que le construyen sus aliados nacionales, o defenderá su proyecto y, con él, el de amplios sectores del peronismo bonaerense que sienten amenazada su carrera? En esas respuestas está el nudo de la disputa de poder más dramática del año electoral.
Por eso, la jugada que ayer ordenó Scioli sonó a una osadía para los parámetros que caracterizan su estilo. El apoyo a Casal causó desconcierto en la Casa Rosada y llevó algo de alivio a los intendentes del conurbano que meditan abandonar a Scioli, temerosos de que los entregue a una estrategia electoral que los borre del mapa.
No es por Casal. La remoción sería leída como la señal última de que Scioli hará sólo lo que le pidan, aún a riesgo de ser la víctima de sus actos. Esta semana la presión creció: el hecho que más impactó en La Plata fue la conferencia de prensa para denunciar a Casal, que encabezaron allegados de la ministra de Seguridad nacional, Nilda Garré, y nada menos que Martín Sabbatella, el dirigente que tiene en vilo al PJ provincial desde que el Gobierno prometió habilitarle una lista colectora pegada a la de Cristina Kirchner. En esa puesta en escena se habló incluso de negocios oscuros con los empresarios Mario Montoto y Daniel Hadad, con frases que rozaron al propio Scioli.
Alberto Pérez, el jefe de Gabinete sciolista, dijo que la política de seguridad de Casal es la del gobernador. Y atacó sin disimulo al ex funcionario León Arslanian y al periodista Horacio Verbitsky, dos de los hombres a los que se atribuye gran influencia sobre Garré y buena llegada al "ala progresista" del Gobierno.
Fuegos artificiales
Fue un cambio sensible. La semana pasada, Scioli había buscado descomprimir con una purga a medias de la bonaerense. Había aceptado hacerse responsable del descalabro de los trenes estatales, después del choque mortal de dos formaciones (una, nacional; otra, provincial) en San Miguel. Y también aplacó los ánimos de los intendentes que querían rebelarse ante la estrategia de las colectoras. Hizo movimientos sugestivos. Desde oficinas bonaerenses salieron a la luz encuestas que mostraban a Cristina Kirchner como segura ganadora de las elecciones de octubre, con el 50% de los votos. El mensaje subliminal: que ganaría cómodamente, sin necesidad de usar la colectora de Sabbatella.
Sólo fuegos artificiales. El gobernador ya probó las mil formas de expresar fe kirchnerista y sólo consigue alimentar desconfianzas en el último círculo del poder nacional.
Desde 2003, Scioli se acomoda a un mundo que le es extraño. A los golpes, aprendió cuando era vicepresidente que debía callarse la boca, y probó que hacer política puede ser sacarse fotos con famosos y repetir frases voluntaristas. Cuando Néstor Kirchner empezó a planificar la sucesión matrimonial, en 2007, se dio cuenta de que nadie como Scioli le aseguraba los votos que necesitaba en Buenos Aires. Se había hecho necesario. Para algunos, un "mal necesario".
Aceptó gobernar la provincia con la lógica kirchnerista: las grandes líneas se trazan en la Casa Rosada; las culpas se pagan en La Plata. La precaria libertad de acción se compensa con obras y fondos, más el permiso a salir sonriendo en todas las fotos.
Hoy, la Presidenta lo trata con frialdad. El ala izquierda del kirchnerismo instala la idea de que ya no es fundamental para el "modelo". Pero miran con atención cada paso que da. "¿Se animará a romper?", se preguntan. Romper sería que decidiera desdoblar las elecciones. Se acabaría así la polémica por las colectoras y sería una amenaza para la reelección presidencial. Romper sería que renunciara a competir en la provincia y se preservara para ser presidenciable en 2015. Evitaría así que el plan Sabbatella le licuara votos y lo expusiera a la derrota, o que ganar con un margen de votos escaso lo embarcara hacia un período de gobierno condenado a la debilidad y al desgaste. ¿Es descabellado pensar que el actual asedio político mute en presiones más fuertes, denuncias personales o acusaciones en la Justicia?
Casi nadie cree que se atreva a la rebelión total: competir por la Presidencia contra Cristina. Al menos, él dijo que no lo hará. Se ilusiona con la pelea mayor, pero sólo si la Presidenta eligiera el retiro. En este punto, la opción parece apenas una apuesta a su proverbial "fe y optimismo".