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Alejandro González Iñárritu, en exclusiva, en la previa de los Oscar

Todas las tardes, Alejandro González Iñárritu sale a caminar veinte cuadras por el barrio. Es una rutina que no interrumpe en ningún lugar del mundo. “El único momento del día donde me despego del trabajo”, asegura. Ahora, mientras pasea por Puerto Madero, parece un vecino más. Pero en Los Angeles es distinto. Recién ahora que es una celebridad puede dar una caminata sin ser observado de reojo. Antes, su presencia por las calles de Los Angeles, donde vive con su mujer, María Eladia Hagerman, y sus dos hijos, María Eladia (15) y Eliseo (13), generaba, para decirlo con diplomacia, cierto nerviosismo.

Alejandro González Iñárritu, en exclusiva, en la previa de los Oscar 
“Me veían con cara de turco, eso pasaba. Llegamos desde México en la era de Bush, una de las etapas más difíciles de Estados Unidos, con una política terrible, que infectó mucho a la gente. Pero resistimos y ahora estamos muy bien adaptados”, asegura Alejandro. La incomodidad, aunque no lo crea, lo fortaleció. “Los Angeles me despertó. Me sacó de una zona de confort, de seguridad, que vivía en México, y me sumergió en una sociedad diversa, compleja, contradictoria que para un artista es un caldo de posibilidades”, insiste. Después del éxito de sus tres primeros largometrajes (Amores perros, del año 2000; 21 gramos, de 2003, y Babel, de 2006, que lo consagró como Mejor Director en Cannes), el realizador de 47 años decidió emprender camino hacia otro lado. Biutiful, su cuarta película, ya tiene dos nominaciones al Oscar: Mejor Película Extranjera y Mejor Actor (Javier Bardem). “Regreso a mi idioma en este filme, pero para hacer algo extraordinario tienes que empujar todo hacia lugares extremos y no muy cómodos”, asegura.

–Dicen que la incomodidad se trasladó al set, que hubo chispas entre Javier Bardem y vos. ¿Los reconcilió esta nominación de la Academia de Hollywood?

–Nunca hubo reconciliación porque nunca hubo pleito. Nuestra entrega en el trabajo significa altos grados de intensidad. Así fue el rodaje, pero es que no lo entiendo de otra forma. Y Javier tampoco. Nos juntamos el hambre con las ganas de comer. Ambos somos muy intensos. No hago películas gozosas. Yo no dirijo largometrajes en los que al final de la jornada los actores puedan desmaquillarse e irse de copas tranquilamente.

–¿Es complicado dirigir a las celebridades?

–Es complejo, pero la autoridad no te la da el título de director, sino el conocimiento. Sólo así te ganas el respeto de la gente.

–Sin embargo, tu obsesión te lleva a ganarte fama de ser un director difícil, ¿es así?

–Tengo muchos defectos, pero a veces eso es lo que te hace crecer o caer. Soy profundamente analítico, autocrítico, obsesivo y neurótico. La neurosis es útil porque se puede convertir en un gran aliado, es una alerta que tenemos en la búsqueda de la perfección y precisión. Mis virtudes son mis grandes defectos.

–Tu último filme, Biutiful, es desgarrador. Se suceden las tragedias. ¿Cómo quedaron después del rodaje?

–Fue muy intenso. Realmente uno sobrevive una película. La verdad es que fue el filme más duro que me tocó dirigir, porque fue un rodaje muy largo, muy escrupuloso, con un material muy denso.

–¿Te preocupa que el público prefiera ir a ver películas más alegres?

–Estas tragedias existen, yo no inventé nada. Es tener el valor de observarlas, más que correr de ellas, intelectualizarlas, juzgarlas o evadirlas. La gente tiene derecho de no entrar a la película, pero creo que la película es más humana que dolorosa.

–¿Sos un hombre con buen humor?

–Por supuesto. El humor relaja. En esta película tan demandante emocionalmente, ayudaba mucho tomarlo todo con humor.

–Trabajaste con cuatro argentinos en Biutiful: los guionistas Nicolás Giacobone y Armando Bó, la actriz Maricel Alvarez y el músico Gustavo Santaolalla. ¿Cómo fue la experiencia?

–Gratificante. Ustedes, los argentinos, son talentosos. Además, una de las razones por la que filmé en Barcelona fue para ir a ver a Messi los fines de semana. [Ríe.]

–¿Vivís la ceremonia como algo especial?

–Llego siempre tarde. No sé por qué pero siempre llegamos muy tarde, como si minimizáramos el asunto. Y no es así. Esta vez vamos a ver si lo hacemos diferente. Pero trato de no tener expectativas.

–¿Cuál es tu pálpito? ¿Ganás?

–No vi las otras películas. Tampoco con las que competimos como mejor filme extranjero.

–¿Me vas a decir que no te desespera la estatuilla?

–La verdad que no. Esta es la tercera vez que voy a la ceremonia por una película. Entendí que hay que aprender a no ganar, porque la nominación ya es una distinción, un reconocimiento al trabajo. Entonces, hay que perder con una sonrisa.

–¿Entonces preparás la mejor sonrisa para la cámara?

–Hablo de una sonrisa interna. Son eventos que te pueden perjudicar si te lo tomas en serio y no te relajas. La película Biutiful está hecha y los goles que se tenían que haber metido ya se metieron. No depende de la obra ni de mí ganar o perder. No puedo subordinarme a eso. Aprendí a tener una expectativa baja y una serenidad muy alta. La entrega de los Oscar sirve para divertirse y celebrar con parte del equipo y reírse mucho. Sé de lo que se trata, no hay que tomárselo tan en serio.

–¿Sirve para promocionar la película? ¿Para que asistan más espectadores?

–Por supuesto, hace que la película tenga repercusión mediática y da la posibilidad de convocar más gente. Pero el filme no será peor ni mejor por haber ganado o perdido el premio. La nominación es una nota de cariño, un abrazo al final del camino. Un motivo para celebrar y emborracharse con los amigos que me acompañaron.

–¿Javier Bardem se merece el Oscar?

–Totalmente. El trabajo de Javier es monumental. La película está construida sobre él. Es un hecho de pocos precedentes que un español esté nominado en la categoría de mejor actor en unos premios que son de la industria americana. Tenía muchas ganas de trabajar con él y viceversa. Cuando empecé a pensar en el personaje inmediatamente tuve la cara de Javier en mi mente. Una vez que se decidió, fue muy excitante, me sentí muy agradecido de que compartiera este viaje que fue duro para los dos, pero muy satisfactorio. Lo festejaremos juntos el día de la ceremonia.

Texto: Lila Jara
Fotos: Gustavo Sancricca
Producción: Georgina Colzani
Maquillaje: Fabiana Pereyra para Betina
Frumboli Estudio con productos Lancôme
Agradecimiento: www.faenahotelanduniverse.com

Viernes 25 de Febrero de 2011

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