Mi amigo John, amante de lugares exóticos, recomendó este viaje hace tiempo, porque Bután combina cultura exótica y amistosos habitantes en un entorno de paisajes extraordinarios.
Enclavado en el Himalaya y rodeado de dos gigantes (China e India), a este pequeño reino llegamos desde Tailandia. En el aeropuerto esperaba nuestro guía, Dorji. La estada se inició en un auténtico palacio de Paro y continuó en Thimphu, Punakha, Trongsa, el valle de Phobjika y, finalmente, Wangdue. Todo está unido por sinuosas y angostas rutas, engarzadas en arboladas montañas -la mayor parte del país está cubierta de bosques- con vistas espectaculares.
Las construcciones butanesas siguen la tradición: varios pisos de piedra, adobe o ladrillos, con techos de tejuelas de madera o cinc. Pero en las fortalezas-monasterios (las dzongs) se aprecia mejor la rica tradición artística del país: de una belleza particular, no emplean clavos ni se basan en planos. Los edificios se ven realzados por el uso de maderas policromadas y murales. Esta devoción por el arte se potencia en escuelas donde alumnos seleccionados reciben los secretos en pintura, escultura y bordado (entre otras manualidades).
Los habitantes, humildes y orgullosos a la vez, son naturalmente amables y la impronta del budismo se ve reflejada en todos sus actos. Es frecuente verlos en ropas tradicionales (un tipo de quimono que usan hombres, mujeres y niños). Conocen de su país y respetan las tradiciones, siendo los tsechus, a la vez festivales religiosos y eventos sociales, sus exponentes característicos. Los monjes se ven por doquier y son apreciados, respetados y asimilados a las actividades cotidianas, y salvo ciertas restricciones es posible para los turistas entablar enriquecedoras charlas con ellos.
Monarquía hereditaria desde 1907, actualmente se asiste por un Parlamento nacido en elecciones. Medidas innovadoras emprendidas por los reyes anteriores han logrado insertar a Bután en el mundo que lo rodea, aunque su pobreza y siglos de aislamiento significaron no pocos obstáculos. La población se muestra orgullosa del sistema actual aun cuando la economía (a excepción de la producción de energía hidroeléctrica y el turismo) está basada en una rudimentaria agricultura.
Siendo uno de los sitios de mayor biodiversidad del mundo, la variedad de especies vegetales y animales, así como los microclimas existentes hacen de su recorrido una inagotable experiencia. El respeto hacia la naturaleza está en las decisiones políticas; estudian las consecuencias futuras de los actos de gobierno sobre el ambiente y las tradiciones.
Uno se pregunta si semejante paraíso podrá persistir indefinidamente. Quienes lo han visitado tiempo atrás lo encuentran irreconocible ahora y se resisten a los cambios producidos por el desarrollo. Sin embargo, en Bután responden que están preparados para sobrellevar los cambios con éxito. Sólo se puede desear que así ocurra.