En la ciudad, la culpa también la tiene el chancho
Tiene Buenos Aires un atractivo mágico de grandes urbes y, también, ese perfil menos promocional que deja en evidencia sus críticas dificultades de convivencia ciudadana.
Una de ellas es la basura; las kilométricas pilas de residuos amontonadas en calles y esquinas. Problema de antaño que distintas administraciones porteñas sólo resolvieron a cuenta gotas o, peor aún, contribuyeron a profundizarlo. No es novedad la teoría del Estado incapaz de garantizar un servicio de recolección eficiente en la Capital, de regular a los cartoneros en el centro porteño y de lanzar campañas serias que suscriban al reciclado en origen para cumplir con la inclumplida ley de basura cero, valga la redundancia.
Está dicha y contada esta parte de la historia. Aunque no la otra, esa que nos descubre a los ciudadanos como agentes agresivos del medio ambiente, y a la vez exentos de culpa y cargo. Paradójico resulta que la ceñuda queja de la gente por la suciedad en las calles descubran a un principal responsable: el propio vecino. Según una encuesta nacional realizada por TNS Gallup, el 65% considera que la suciedad es producto del mal comportamiento de las personas, mientras que el 20% se lo adjudica a una deficiente acción de los gobiernos. El dato científico echa por tierra la loca teoría de que marcianos "chupasangres" depositarían la basura en las esquinas, de madrugada, a escondidas de propios y extraños. Definitivamente eso no ocurre. Sí esto que tanto nos cuesta escuchar: somos los ciudadanos los responsables.
Otro dato curioso del sondeo de TNS Gallup es que para ocho de cada 10 argentinos son los demás -y no ellos mismos- quienes ensucian las calles. El otro. Sí, siempre el otro es y será el culpable de los males que nos aquejan. "Así estamos", diría cual sabio conocedor del acontecer urbano porteño al resumir las consecuencia de no asumir nuestros deberes de ciudadano; de no sacar la basura en el horario permitido; de tirar los papeles fuera de los tachos; de no corregir las malas acciones, y de no separar el papel y el plástico en bolsas diferenciadas. ¿Somos buenos vecinos que contribuimos para tener una ciudad más limpia? ¿O somos buenos sólo criticando?
Asistimos a diario a un sin fin de imprudencias que no intentamos subsanar, ni con el otro ni -mucho menos- con nosotros mismos. Tomamos licencias de la responsabilidad social por cuanta premura llevemos y no reparamos en el cómo, el cuándo y el dónde nos deshacemos de los residuos. Exigimos una ciudad limpia, pero no la cuidamos. ¿Cómo habrá hecho Trenque Lauquen, en la provincia de Buenos Aires, para ser una ciudad modelo en la separación de residuos en origen y para exhibir sus calles relucientes? Fácil respuesta de difícil cumplimiento: con un fuerte compromiso social.
El desafío no es imposible, claro: con compromiso social, de hecho, Buenos Aires logró que no se fume en sus bares. Hoy, es el propio control ciudadano el que le da vigencia a la bien recibida ley antitabaco, que de antemano había despertado un encendido rechazo. Prender hoy un cigarrillo en un espacio cerrado porteño seguramente ganará la reprobación inmediata de algún cercano. El arrojar un residuo en la vía pública, en cambio, pasará inadvertido.
Las mejoras en cuanto a la problemática de la basura podrán cristalizarse sólo si vienen acompañadas del guiño de los vecinos, de una participación activa y comprometida en lo social. Es cierto: la ciudad de Buenos Aires tiene un Estado en deuda con una larga lista de deberes incumplidos. Pero de estos males que tanto aquejan a los porteños, contrariamente a lo que reza el refrán, la culpa también la tiene el chancho.