En la calle, una multitud puso en marcha la mayor fiesta del mundo
Más de un millón de personas salió a festejar el sábado de Carnaval.
Llueve en Río de Janeiro. Pero la verdad es que no se sabe bien qué es lo que cae del cielo. ¿Es realmente agua? Una falsa monja va sambando sobre los charcos de la avenida Atlántica. Danza, arrastra sus sandalias y se tambalea detrás de un camión cuyos músicos, arriba, escupen canciones populares, y mientras tanto ella intenta que no se vuelque lo que en realidad ya no queda en su lata. ¿Es agua lo que cae del cielo? “Cerveza es, la gasolina de nuestro espíritu”, alaba, o mejor dicho grita la monja, con el rimel corrido y la vista desenfocada sobre el mar aplacado de Copacabana.
Más de un millón de personas salió a festejar ayer el “sábado de Carnaval”, el primer día de esta celebración pagana y transgresora que, hasta el miércoles, detiene el tiempo en todo Brasil. Aunque la mayor fiesta –”de la Tierra”, como les gusta decir a los cariocas– es aquí, en Río de Janeiro, y todo el mundo viene a formar parte.
La mejor manera de contrarrestar la ansiedad que genera el primer día del gran desfile de escolas del Grupo Especial (algo así como la Primera División carnavalesca), que será esta noche, fue salir a la calle. Todo Río –sus habitantes y los turistas– ignoró la lluvia y copó los barrios para bailar y festejar de forma espontánea o detrás de alguno de los casi 400 “blocos da rua”, comparsas barriales que, en diferentes turnos, van llevando la música y la danza por toda la ciudad, todo el día, con decenas o cientos de miles de personas detrás.
“Esto es deslumbrante, quiero vivir en Carnaval”, pega un alarido Carmen, una colombiana que llegó junto a un grupo de amigos y amigas para “sacarnos el polvo del aburrimiento”. Así como ellos, las autoridades de la ciudad calculan que unos 750 mil extranjeros (que se estima que moverán unos 550 millones de dólares de ayer al miércoles) desembarcaron en los últimos días con ánimo de fiesta.
La monja, los payasos, los falsos futbolistas de Flamengo, un Maradona con la camiseta de River volcándose un salero en el pecho (la última broma brasileña al Dios argento), un Chavo del 8 por aquí, un travesti por allá, y un joven con la máscara del “ciberrebelde” Assange, todos enarbolan sus fantasías (disfraces) de ocasión, nadie osa pasar desapercibido. “Sí, hay que usar fantasía, hay que recibir el carnaval con toda la alegría”, sonríe María Luiza, una vendedora ambulante que no para de vender pelucas flúo y caretas de Ronaldinho.
“Con lluvia o sin ella, el desfile callejero de este año será mayor que el del año pasado”, avisó el presidente del bloco “Cordão da bola preta”, Pedro Ernesto Marinho. Y ahí va para certificarlo una emocionante caravana de decenas de miles de personas, que los sigue al ritmo, como en trance, en la zona de Cinelandia, en pleno centro histórico.
Y en el sur de la ciudad otra caravana multitudinaria va tras los batuques de la irreverente “Banda de Ipanema”, y a todos los custodian los vendedores de cerveza, para hacer unos reales, y también para mantener alto el espíritu de la gente. Y también bailan los “catadores”, gente pobre que junta para vender el aluminio de las latas de cerveza. Y se hace de noche pero la fiesta sigue, y más atrás se menean con sus escobas los barrenderos de la Ciudad vestidos de naranja que, pasito para aquí, pasito para allá, intentan borrar con premura y alegría los rastros de la fiesta.
Aunque ellos saben que no es posible, que con los primeros acordes de un samba pegadizo el Carnaval se impregna en el corazón de todo el mundo. Y ya no sale más.
Por Fernando Soriano
Rio De Janeiro. Enviado Especial
06/03/11
Por Fernando Soriano
Rio De Janeiro. Enviado Especial