Entre los numerosos homenajes rendidos en el mundo entero al conmemorarse el centenario de Tennessee Williams (1911-1983), en el tablado de la Cock Tavern, en Londres, se representa una de sus últimas obras: Nunca me visto antes del anochecer, en domingo.
Transcurre en un pequeño departamento, en Nueva Orleáns, donde Tye, un declinante productor y director de teatro, está separándose definitivamente de su amante de muchos años y actriz fetiche, June, "algo más centrada que él, pero bastante loca", según apunta Liv Tyler en su crítica del Guardian de Manchester, con fecha 10 del actual. Afuera, una marea de turistas retoza por la ciudad, entregada al frenesí del Carnaval.
"Algo de La dama de las camelias , de Dumas, flota sobre la obra", informa Tyler. Escrita en 1970, Tennessee volvió sobre el tema un decenio después y lo tituló Something Cloudy, Something Clear , y lo remitió a la auténtica historia original, íntimamente ligada a su propia vida. Hacia 1940, tuvo una relación amorosa con un muchacho que se empeñó en romperla, sin explicaciones; tiempo después, Williams se enteró de que su joven amigo padecía de un tumor cerebral y no había querido entristecerlo al revelárselo.
"Esta es una velada dedicada menos a la obra en sí que a la vida de su autor. Aunque puede ser muy interesante para historiadores del teatro y para psiquiatras, resulta mucho menos atractiva para el espectador", opina Tyler, quien reconoce que está "diestramente interpretada y contiene momentos intensamente emotivos". Pero cierra su crítica con una observación mordaz: "Es tan poco importante como poner en escena una lista del supermercado que Williams hubiese olvidado por ahí".
En esa misma edición del Guardian, Elisabeth Mahoney comenta la actuación de un circo -se llama Mundo paralelo , en español- en una sala tradicional del país de Gales, no en una carpa; y no se trata sólo de circo, sino de una obra con pretensiones. El resultado es mixto: "La producción falla en algunos momentos y tiene otros asombrosos". Entre estos últimos, el uso del espacio aéreo sobre la platea, cuando "hombres con amenazadoras máscaras negras cuelgan de sogas por encima del público y se precipitan sobre él", o "la trapecista amenaza romper las paredes que la limitan". También el uso de las trampas que se abren en el escenario, permite alcanzar una profundidad de que el circo carece. Pero, para ser una cabal obra de teatro, "donde se narra una historia y se delinea un mundo", le faltarían "los elementos, más apacibles, del teatro tradicional".