La gran dama llamó desde su casa al jefe del archivo del diario y le hizo una pregunta fatal: ¿ya habían escrito su necrológica?
El hombre trató de darle ánimo diciéndole que ella todavía era joven y que no entraba en ninguna cabeza la posibilidad de que se muriera. Pero Helenita, la gran dama del periodismo social, lo cortó en seco: los médicos la habían desahuciado, estaba postrada y él no hacía más que mentirle. "Te pido un solo favor, y me debés muchos -dijo en tono dulcemente autoritario-. Buscá mi sobre, haceme una copia y mandámela con una moto. Estos chicos de hoy en día son un desastre y si salgo mal retratada y la nota está llena de errores va a ser un bochorno."
Se trataba de un pedido indecente, pero Helenita se sentía más allá de todo: le pidió a su empleada que le suministrara un fuerte calmante, la sentara y le trajera la notebook que sus sobrinos le habían regalado al cumplir los 80. También que le abriera un champagne y se lo dejara en la mesita de luz dentro de un cubo con hielo. Cuando llegó la necrológica abrió con avidez el sobre y descubrió que no pasaba de los tres folios. Era, como había previsto, un currículum frío apenas aderezado con algunos adjetivos melosos. La gran dama pensaba tipear palabra por palabra para pulir y agregar datos, pero a la tercera copa desechó ese camino. Permaneció dos horas paralizada, sin poder escribir, recordando los estragos y fulgores de su carrera, y llorando como una niña. A medianoche, casi borracha, comenzó a redactar un largo epitafio. Había entrevistado a dictadores, estadistas y reyes, había visto con sus propios ojos los grandes acontecimientos del siglo, había cubierto fiestas y funerales fastuosos. Pero nada de todo eso se comparaba con haber conocido a Julio.
El tipo en cuestión trabajaba en la sección Turf, pero no era burrero ni adicto a ningún otro juego de apuestas. Lucía flaco, alto y serio, y Helenita se enamoró de su ceremoniosa caballerosidad durante un glamoroso Carlos Pellegrini. Entre tantos aristócratas y personajes, el periodista destacaba por su solitaria discreción. La gran dama era festejada bulliciosamente por todos, menos por ese morocho impasible. A veces, de esas íntimas ofensas nacen los chispazos del amor. Helenita se sintió ofendida y acalorada, y se empeñó durante años en conquistarlo.
Julio era separado en primeras nupcias, y Helena era de buen ver, pero él se mantenía cautamente apartado de su porfiada telaraña. Julio vivía por debajo de sus expectativas, y por lo tanto la vida le resultaba una sorpresa agradable e inesperada. Helena vivía por encima de sus posibilidades, y por lo tanto habitualmente le faltaba algo y siempre sufría por culpa de alguna frustración. Sufrió muchísimo la amable distancia que el turfman le imponía. Y buscó otros novios para darle celos. Novió incluso con candidatos famosos y posó con ellos en las revistas. Pero Julio no se movía de su displicencia. Un día, furiosa, pasó a buscarlo en el auto con chofer y lo siguió por la vereda; abrió una puerta y le ordenó desde adentro: "¡Subí, che, subí de una buena vez!". El caballero subió y tuvieron un encuentro bíblico, del que la mujer emergió conmocionada y bendecida, y del que el varón surgió agradecido y prudente. Helena quería verlo día y noche. Julio condescendía, para no desairarla, a verla una vez por mes. Cuando Helena entraba en la redacción por una puerta, Julio salía diplomáticamente por otra.
Harta y dolida, la gran dama buscó nuevos horizontes y se dispuso a olvidarlo. Nunca pudo. El turfman se casó con una maestra jardinera de Lanús Oeste y aceptó una corresponsalía en La Plata. Hasta donde Helena supo fueron incomprensiblemente felices. Al final, un infarto sacó de circulación al esquivo corresponsal y Helenita lo lloró durante años.
Ahora que reescribía esta necrológica impublicable se daba cuenta de que lo único verdaderamente interesante que se llevaba a la tumba era aquel amor inacabado. Los reyes, los famosos, los notables, el lujo, los brillos, el talento, la gloria. Nada de eso merecía una línea en su nota de despedida.
Cerró de madrugada la notebook, se tomó la última copa y se dejó dormir.
Jorge Fernández Díaz
LA NACION
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