Mujer armada, hombre dormido. Una precisa obra de Martín Flores Cárdenas
Una mujer quiere comprar un arma en un negocio de caza y pesca. El vendedor le recomienda una Winchester, “para empezar y terminar”. “La prueba y si no le gusta la devuelve. Es mejor que tirarla al río o enterrarla”, sugiere.
Luego, un hombre avisa a su pareja en plena ruta y desde un teléfono público que decidió no volver nunca más a su casa y llama a una ex novia que hace muchísimo tiempo no ve.
Son los primeros momentos de Mujer armada, hombre dormido , de Martín Flores Cárdenas, y que adelantan la trama de esta obra de título sugerente.
El resto: serán nuevas micro ficciones -independientes y a la vez entrelazadas-, siempre entre un hombre y una mujer. En un juego de suspenso y acción, que Flores Cárdenas -que todavía no ha cumplido treinta años- narra y dosifica, como dramaturgo y director, con un gran criterio de precisión y sutileza. Y que lo vuelven a reafirmar como uno de los nombres más interesantes y renovadores del off y a confirmar su solidez y capacidad creativa.
Cada pequeño relato, armado como un universo, abrirá indicios del siguiente, retomará y agregará datos de los anteriores, obligará a volver unos segundos atrás, despistará en un rumbo diferente o buscará la dirección menos esperada.
Con palabras y frases que suenan justas y medidas. Y que hasta dejan, como un plus, buen espacio para la ironía. Como cuando un hombre, por ejemplo, va a buscar a una prostituta y le pregunta: ¿vos a qué te dedicás? Los cuatro actores, todos con un recorrido interesante en el circuito alternativo, muestran versatilidad para componer distintos personajes y sostener el ritmo y la intriga. Ellos son: Laura López Moyano (la destacada Tatana de Ala de criados ), Ximena Banús (pasó por las escuelas de Ricardo Bartís y Pompeyo Audivert y trabajó con Rafael Spregelburd), Javier Pedersoli (se formó con Agustín Alezzo y vivió en México) y Germán Rodríguez (actuó en Quienquiera que hubiera dormido en esta cama y es la cara que aparece en la publicidad “Amore” de un banco).
En la puesta sólo hay un panel blanco y se incorporan elementos, como mesas y sillas. El diseño de luces también es sencillo. La decisión estética parece acertada. En el espectador queda la sensación que cualquier objeto sería una distracción, para esta obra que pide una mirada alerta. Y que al terminar dan ganas de ver su segunda parte. O que en ese instante vuelva a repetirse, como en una película, la misma secuencia.