Un paseo por el parque botánico de las islas Brissago, en Suiza, junto a la frontera italiana, impensado oasis tropical en medio de los Alpes
Suiza no tiene mar, pero tiene lago, costas y, naturalmente, islas. Las más famosas de las islas suizas son sin duda las Brissago, dos minúsculos puntos verdes sobre el azul metálico de las aguas del lago Maggiore, en el Ticino. Pegadas a la frontera italiana, son suizas por apenas un par de kilómetros. Y son famosas por las historias que protagonizaron sus ocupantes a lo largo del siglo XX, sin olvidar el parque botánico que atesora el mayor de los dos islotes: un tesoro verde que recibe visitantes de todo el mundo y es una de las mayores colecciones de plantas y árboles de toda Europa.
La Orden de los Humillados
Se llega a las Brissago en barco, por supuesto. Desde el muelle de la refinada ciudad de Ascona hace falta apenas media hora, lo suficiente para sentir il vento nei capelli y jugarse un episodio de dolce vita, esta vez con un toque suizo. Dolce vita ¡y lujo a todo trapo! Es lo que uno deja atrás, con Ascona a sus espaldas, cuya costa se va desdibujando poco a poco. En Suiza nada es lejano, y las islas tampoco están lejos de Italia ni de la costa. Desde el barco se ve el campanario, o mejor dicho el campanile, del pueblo de Brissago, que dio su nombre a las islas. Es el último punto suizo antes de entrar a Italia. Los ajedrecistas lo conocen a pesar de su minúscula importancia, porque hace pocos años fue la sede de un campeonato mundial de la especialidad.
Las islas ya están cerca y es hora de poner un pie en tierra. La primera impresión es muy suiza: se embarca y desembarca en horarios puntualísimos, con una organización que sin duda pecaría de demasiado rigurosa un par de kilómetros más allá de la frontera. Sin embargo, el Ticino, es decir la Suiza italiana, es más italiana que suiza, muy distinta de las postales tradicionales del país de Heidi y de las vacas de los Alpes que dan ese chocolate tan cremoso?
Las Brissago ya eran frecuentadas en tiempos de los romanos, pero se tiene constancia de una presencia duradera solamente en el siglo XIII. En 1214 el obispo de Como legó ambas islas y sus dos capillas a la Orden de los Umiliati, los humillados, religiosos dedicados al trabajo de la lana y encargados de recibir a los peregrinos. Durante el siglo XVI la orden desapareció y las islas fueron habitadas solamente esporádicamente hasta 1885, cuando fueron compradas por la baronesa Antoinette de Saint Léger, una noble rusa casada con un riquísimo banquero irlandés que las transformó a la vez en un palacio flotante y un jardín botánico.
Paraísos privados
La foto más conocida de las islas data de la época de Max Emden, un alemán que había hecho fortuna en el comercio y la química, propietario de la isla cuando la baronesa y su marido tuvieron que deshacerse de ella. Es la imagen de tres chicas que posan desnudas mirando hacia el lago desde un pórtico en los jardines. Una imagen chocante por la época -1930- que simbolizaba la reputación sulfurosa de las islas y de su dueño. Sobre todo a tan corta distancia de la austera y católica Suiza italiana.
¿Cómo se pasó del jardín de Antoinette de Saint Léger a la vida naturista y liberal de Emden? Como muchas otras de las historias de ricos y famosos de principios del siglo XX, también la de la baronesa Saint Léger pasó de la grandeza a la decadencia. Ella hizo construir una villa lujosa en la principal isla y creó los jardines botánicos que hoy son el orgullo de todo el cantón del Ticino. Durante varios años, fue inspiradora y mecenas de una corte de poetas, artistas, músicos y escritores. Las Brissago fueron en aquellos tiempos una de las capitales intelectuales de Europa central. Sin embargo, en 1927 ya no pudo enfrentar los gastos que su propio mundo generaba y tuvo que vender las islas a Max Emden.
El comerciante alemán hizo construir la mansión tal como se la conoce hoy, junto con los baños romanos y un rediseño del jardín botánico. Hasta su muerte, en 1940, fue su paraíso y su mundo privado, y llevó allí una vida excéntrica que muchos reprobaban desde las riberas del lago. Ascona no era entonces el opulento y lujoso pueblo de la Riviera Suiza que es hoy, sino un pobre poblado de pescadores que había tenido que mandar hasta hacía pocos años a sus hijos a buscar trabajo incluso a la lejana Argentina.
A su muerte, Emden legó las islas a su hijo, que se había establecido en Chile, y a su vez las cedió en 1949 al cantón del Ticino y las comunas de Ascona y los pueblos vecinos. El objetivo era preservar y transformar en parque botánico para el público la mayor de las islas. La más chica, por su parte, es desde entonces una reserva protegida inaccesible al público.
Pasar la noche aislado
Lo que hoy se ve es a la vez la mansión de Emden, con una colección de fotos sobre su vida en las islas, y el magnífico jardín botánico de Antoinette de Saint Léger. Los jardines ya eran considerados como una de las más completas colecciones de plantas y árboles en 1913, cuando la baronesa publicó en Londres un registro de las especies botánicas que cultivaba: The Vegetation of the Island of Saint Léger in Lago Maggiore.
La isla que se visita es San Pancrazio, la más grande; la más pequeña se conoce como Sant'Appollinare. El parque botánico abierto al público tiene más de 1700 especies sobre 2,5 hectáreas. La isla está subdivida en varias zonas, y gracias a su microclima soleado y con temperaturas suaves en invierno prosperan plantas de todas las latitudes. Caminando por sus senderos se pasa de la zona mediterránea a la de Japón, el Africa austral, las islas de Oceanía y las Américas.
En una superficie tan reducida, siempre se sigue la costa, y el contraste es interesante entre el parque de plantas exóticas y las vistas típicamente suizas en el horizonte: montañas de tono verde oscuro que se levantan donde termina el lago, los destellos de los rayos de sol sobre los autos, los trenes que corren sin cesar sobre el flanco de la montaña... Las islas son cercanas y aisladas a la vez de esta Suiza ultramoderna. Forman como una burbuja, una isla hecha isla. Un mundo propio, como los que quisieron construir los monjes humildes en el Medievo, los intelectuales de la corte de Antoinette en la belle époque o Max Emden y sus novias. Esferas diferentes, que encontraron sin embargo en las islas una cercanía con el mundo y un aislamiento suficiente para existir.
Al pasar delante del eucalipto en la zona de Oceanía, vale recordar que se trata del árbol más antiguo del parque y el más alto de Suiza: 120 años y más de 30 metros. Fue plantado por la baronesa; pero los visitantes prefieren muchas veces especies más exóticas, como los helechos arborescentes de Tasmania; las legendarias flores de loto, o un ejemplar del árbol de Franklin, una esencia de América del Norte que se considera extinta en su estado natural desde el siglo XVIII. Algunos privilegiados, además de visitar los jardines, se quedan a dormir en las pocas habitaciones del hotel que fue acondicionado en la mansión. La noche que cae sobre las orillas del lago; las luces de Ascona y de los demás pueblos que se acurrucan a orillas del lago Maggiore; el rumor del agua contra las rocas, y los perfumes de las plantas que suben por el calor de la tarde hacen de una noche en las islas una experiencia más grata aún.
La otra opción es regresar al continente, a Ascona, su costa iluminada y sus bares y restaurantes de moda, con el baile de los autos deportivos en su pequeña calle costera, semipeatonal. Parece otro tiempo, otras costumbres, otros lujos.