Entrevista. Protagonizan Familia para armar. En la película de Edgardo Rodríguez Amer, que se estrena mañana, son también madre e hijo. Con Clarín hablaron del filme y de cómo fue trabajar juntos.
Oscar Ferrigno (h) espera a Norma Aleandro, su madre, para entrevistarse con Clarín en un teatro de Palermo. Entre bambalinas, Valeria Lorca, la esposa de Ferrigno, anuncia que Norma está en la puerta. Los tres fueron reunidos por Edgardo González Amer para protagonizar Familia para armar . El encuentro parece un descanso de los conflictos por los que pasan los personajes de la película, según palabras del director “una historia de desencuentros entre padres e hijos”. El filme es una adaptación de una serie de cuentos salidos de la pluma de González Amer. En la ficción, Aleandro y Ferrigno calcan su filiación.
No estabas haciendo cine, ¿tu regreso tiene que ver con que actúa tu mamá y tu mujer? Ferrigno: Hay varias cosas. Me gustó el guión y la propuesta de Edgardo. Y no es un protagónico más: compartir elenco con mi mujer y mi vieja fue un hándicap. Es un papel lindísimo el de Ernesto. La duda era cómo hacer que ese cabrón sea encantador. En toda la película uno piensa, “es un pelotudo”, pero te terminás poniendo del lado de él. Hay que ver que le pasa al público, yo salí muy conforme con mi trabajo. Me parece que es una película chiquita, nada pretenciosa.
¿Qué es lo más pesa en su decisión de participar en una película? Aleandro: Lo primero que veo es qué pasa con la primera lectura. Nunca hablo con el director sin antes leer el guión. Lo leo y veo qué me imagino. Para que me interese debe tener la cadencia de los buenos cuentos. No me gusta que sea obvio. Quiero papeles que no contradigan principios que tengo en la vida, no quiero hacer una película cruel porque sí. A la vez deben ser complejos para mí, alejados de mi manera de ser. Cuanto más alejado, mejor.
Tu papá tenía fama de carácter áspero, ¿sacaste algo de él para tu personaje? Ferrigno: Sí, tiene el amargor de mi viejo, de hecho cuando filmaba me pasaron por la cabeza muchas cosas de él. Mi viejo era un cabrón importante. Le decían Amargo Obrero. Usaba ropa Copa y Chego, unas camisas color caqui. Un comunista pintado, con un tesón impresionante para trabajar. Mi papá era tan virtuoso para crear como para destruir. Hubo un tiempo en que no lo vi, nunca creí que fuera por desamor, pero estuvo más pendiente de sí que de sus hijos. La enseñanza de la vida fue no seguir ese mandato. No repetirlo con mis hijos.
¿Vos tomaste clases de teatro con tu mamá? Ferrigno: Un par de años, cuando daba clases en el desaparecido teatro Odeón, “el templo del teatro.” Pero de ella aprendí también fuera de esas clases. Lo primero que rescaté, que también hacía mi viejo, es su selección de dónde actuar. Después puede salir pato o gallareta, pero nunca se queda con algo que no le termina de cerrar. También tuve otros maestros, como Agustín Alezzo, Franklin Caicedo. Otro grande es Martín Adjemián, tomé clases con él en España. Lo extraño, era un ser muy querido ¿Qué es lo bueno y lo malo de trabajar con la familia? Aleandro: Para mí es una cosa muy bella. Yo me eduqué con gente de teatro, autores y directores amigos de mi padre. Le estoy agradecida a la vida haberme criado entre gente de teatro, familiares. Pude tratar al mundo sin prejuicios, “a los civiles”, como le decíamos. A los trece años estaba unido a esos profesionales y hablaba como ellos. Por entonces éramos todos más anónimos, nadie decía nada, nadie hablaba de la vida privada de los otros, a nadie le importaba. Me gusta trabajar con mi familia porque nos ayudamos, porque cuando nos decimos cosas, nos miramos a los ojos y nos reconocemos. Esta película habla de las relaciones humanas y éstas se sostienen en lo que siempre hemos tenido, la familia. Te lleves bien o te lleves mal, salís de un orfanato y te espera una familia. La familia siempre preocupa, supongo que eso es lo malo, pero son los clanes que hemos formado para nuestras vidas.
Ferrigno: Yo encuentro más ventajas que desventajas, pero el asunto es como te lleves en la vida. No vamos a trabajar siempre juntos, así que celebro poder hacerlo.
¿Les gusta el cine argentino hoy? Ferrigno: El hombre de al lado es una buena respuesta. Yo estoy sorprendido y admirado con el crecimiento profesional y desarrollo humano de Ricardo Darín. Desde que lo conozco no paró de crecer como actor y me sigue deslumbrando. Con respecto al cine en general, hay buenos directores, pero muchos se empeñan en la autobiografía. Entiendo que sea una necesidad en la primera película, pero después eso se vuelve hermético. Ahí me deja de interesar. Pero desde hace treinta años el cine argentino crece. Debo reconocer que no comprendo el culto a la época dorada del cine argentino, no me gustaba: salvo honrosas excepciones, era un cine muy acartonado. Prefiero el cine de hoy, que se hace con poco dinero y compite con los grandes tanques en los festivales. Desde mi rol, estoy orgulloso de pertenecer al cine argentino.
Aleandro: Yo estoy de acuerdo con Oscar. Hay películas como La ciénaga que han ido para otro lado. A Lucrecia Martel siempre hay que prestarle atención. Jorge Gaggero tiene una cabeza enorme, también destaco a Hernán Godfrid. Tenemos una variedad de directores llamativa, como en el teatro off, y las formas que tienen de contar son de mucha riqueza. Debemos agradecerles a las escuelas de cine, que sacan gente muy talentosa. Cuando era joven hice cine, poco, pero era totalmente acartonado, era una mala copia de Hollywood. Después, en los 60, empezaron a aparecer directores más cercanos a la Nouvelle Vague, eso ya es otra historia.
¿Alguna vez llamó a un director para pedirle estar en su película? Aleandro: Jamás me atrevería, no es mi estilo. Es como si me gustara un hombre y tuviera que gritarle que me gusta: eso no es de mi época. Las chicas de ahora, si les gustás, se te tiran encima, ¿no? «