La primera jornada a caballo fue agotadora, pero como era cansancio de vacaciones no importaba. Nos había llevado casi seis horas llegar a destino, en plenos Andes mendocinos.
La mañana había transcurrido bajo el implacable sol de fines de diciembre; cerca de la 1, a la vera de una vertiente, paramos para almorzar y refrescarnos, poco después nos sorprendió un temporal de granizo, lluvia y viento. A pesar de que el baquiano buscó un lugar para protegernos hasta que pasara el temporal y de que más tarde salió el sol, al llegar al campamento estaba destemplada. El frío desapareció después de la ducha caliente y de abrigarme con la ropa térmica que me habían recomendado que llevara.
Entré en el comedor y fue reconfortante encontrar la mesa dispuesta para las seis personas que compartiríamos una semana de vacaciones. No era una semana cualquiera, era la última de 2010. Otras quince personas que hacían una travesía por las cercanías y los puesteros de la zona llegarían para la cena de Año Nuevo: chivito asado.
La noche sin luna mostraba el cielo más vasto y profundo que haya visto alguna vez, aunque apenas pude apreciarlo porque estaba fresco y apuré el paso hasta el dormitorio. Abrí la puerta y lo percibí calentito. El edredón de plumas y la bolsa de agua caliente prometían que no pasaría frío.
Apoyé la cabeza sobre la almohada, me estiré bajo el peso del edredón y cerré los ojos. Estaba a 2400 metros de altura en el medio de los Andes ¡y no estaba soñando!
Nuestra cordillera es un lugar tan mítico para mí como el Amazonas, el Sahara o la ruta 40, comparable con tocar las piedras del Partenón, caminar por las calles de Pompeya o subir a la Muralla China. Una atracción que seguramente le debo al general San Martín y a su épico cruce de los Andes.
Hacía años que quería vivir la Cordillera profunda y si era a caballo, mejor. La idea me encantaba, pero sabía que no lo disfrutaría. La perspectiva de pasar varios días durmiendo al sereno sin un ducha caliente frenaba mi entusiasmo. Desde joven había practicado muchas veces ese tipo de experiencia, sobre todo al pie de la Cordillera y en las sierras, pero ahora pasaba largamente la mitad de la vida y quería ciertas comodidades. Sobre todo porque no sabía cómo reaccionaría mi cuerpo a cinco o seis horas de cabalgata diaria. ¡Hacía quince años que no subía a un caballo!
El Cajón del Trolón está a cinco horas a caballo de Las Loicas, y el campamento que me permitió disfrutar a pleno de los Andes, en el centro de un anfiteatro natural. El angosto valle entre las montañas está tapizado de llaretas y entre ellas zigzaguea un curso de agua que llega desde varias vertientes y de un gran salto doble de agua.
Con el campamento como base, con mis ocasionales compañeros de viaje, durante seis días, recorrimos a caballo esa parte de la cordillera mendocina hasta el límite con Chile.
Montañas cambiando de colores, piedras de caprichosos contornos, flores diminutas aquí y allá, cascadas transparentes, cielos únicos, silencio. La apacible presencia de los baquianos que ven lo que nosotros no podemos, las tropillas de caballos vagando sobre el verde y los piños de cientos de chivos creando la ilusión de montañas movedizas.
Nunca volveré a comer una torta de chocolate recién sacada del horno o los tibios panqueques de dulce de leche sin compararlos con los que Maru nos preparó para recibirnos al cabo de alguna de nuestras jornadas. Tampoco olvidaré el juego de tejo con Edmundo, el baquiano que nos guiaba por las montañas.
Hubo más. En el viaje de regreso, mientras trepábamos una montaña bajo un cielo gris plomo con el sol filtrándose por intersticios, un cóndor planeó largo rato sobre nuestras cabezas. Parecía observarnos y volaba tan bajo que casi podíamos tocarlo con las manos.
En secreto agradecí el ripio que obligaba a Sergio a manejar muy despacio por la carretera que nos llevaba a Malargüe, alejándonos de los Andes. Ibamos muy callados. Despertábamos de un sueño hermoso y seguramente queríamos prolongarlo lo más que se pudiera.